tanto no ha sabido que había salido para arrestar al señor Fouquet,
el caballero, que ha hecho construir una
jaula de hierro para encerrar en ella a su amo de ayer, ha enviado a Roncherat
a casa del señor fouquet, para
apoderarse de los papeles de éste, y no han dejado mueble sano. Mis mosqueteros,
en cumplimiento de mis
órdenes, cercaban la casa desde la mañana. Y pregunto yo: ¿por
qué se han propasado a hacerlos entrar?
¿Por qué les han hecho cómplices del saqueo, obligándoles
a presenciarlo? ¡Vive Dios! Nosotros ser, vimos
al rey, pero no el señor Colbert.
--¡Señor de D'Artagnan! --repuso con severidad Luis XIV, -- no
permito que en mi presencia se hable
en ese tono.
--He obrado en pro de Su Majestad, --dijo Colbert con voz alterada, --y es para
mí muy duro verme
tratado tan mal por un oficial del rey, tanto más cuanto no puedo replicaros
por vedármelo el respeto que
debo al mi soberano.
--¡El respeto que debéis a vuestro soberano! --prorrumpió
D'Artagnan echando llamas por los ojos. El
respeto que debe uno al su soberano consiste ante todo en hacer respetar su
autoridad y hacer amable su
persona. Todo agente de un poder absoluto representa ese poder, y cuando los
pueblos maldicen la mano
que los maltrata, Dios les pide cuentas a la mano real, ¿oís?
D'Artagnan tomó una actitud altiva, y con la mirada fiera, la mano sobre
la espada y temblándole los la-
bios, fingió más cólera que sentía.
Colbert, humillado y devorado por la rabia, saludó al rey como pidiéndole
licencia para retirarse.
El rey, contrariado en su orgullo y en su curiosidad, no sabía qué
hacer. D'Artagnan, al verle titubear,
comprendió que de quedarse más tiempo en el gabinete sería
cometer una falta; lo que él quería era conse-
guir un triunfo sobre Colbert, y la única manera de conseguirlo era herir
tan hondo y en lo vivo al rey, que a
éste no le quedase otra salida que escoger entre uno y otro antagonista.
D'Artagnan se inclinó; pero el rey, que ante todo quería saber
nuevas exactas sobre el arresto del superin-
tendente de hacienda, se olvidó de colbert, que nada nuevo tenía
que decir, y llamó a su capitán de mosque-
teros, diciéndole:
--Señor de D'Artagnan, explicadme primero cómo habéis hecho
mi comisión; luego descansaréis.
El gascón, que iba a salir, se detuvo a la voz del rey y retrocedió.
Colbert se inclinó ante él, se irguió a medias ante el
mosquetero, y, con los ojos animados de fuego si-
niestro, y la muerte en el corazón, salió del gabinete.
--Sire, --dijo D'Artagnan ya solo con el monarca y más tranquilo, --sois
un rey joven, y a la aurora es
cuando uno adivina si el día será hermoso o triste. ¿Qué
queréis que augure de vuestro reinado el pueblo
que dios ha puesto bajo vuestra ley, si dejáis que entre vos y él
se interpongan ministros todo cólera y vio-
lencia? Pero hablemos de mí, Sire, dejemos una discusión que os
parece ociosa y tal vez inconveniente. He
arrestado al señor Fouquet.
--Largo tiempo os ha costado, --repuso con acritud el monarca.
--Veo que me he explicado mal, --dijo D'Artagnan mirando con fijeza a Luis XIV.
--¿He dicho a Vues-
tra Majestad que he arrestado al señor Fouquet?
--Sí, ¿y qué?
--Que rectifico diciendo que el señor Fouquet me ha arrestado a mí.
Entonces Luis XIV enmudeció de sorpresa, D'Artagnan, con su mirada de
lince, comprendió lo que pasa-
ba en el ánimo de su soberano, y, sin darle tiempo de hablar, contó,
con la poesía y gracejo que tal vez úni-
camente él poseía en aquel tiempo, la evasión de Fouquet,
la persecución, la encarnizada carrera, y, por
último, la inimitable generosidad del superintendente, que pudiendo huir
y matar a su perseguidor, había
preferido la prisión, y quizás otra cosa peor, a la humillación
de aquel que quería arrebatarle su libertad.
A medida que iba narrando el capitán de mosqueteros, Luis XIV se agitaba
y devoraba las palabras mien-
tras hacía chasquear unas contra otras sus uñas.
--Resulta, pues, Sire, a lo menos a mis ojos que el hombre que de tal suerte
se conduce es caballeroso y
no puede ser enemigo del rey. Tal es mi opinión, Sire, os lo repito.
Sé lo que me vais a decir, y ante todo
me inclino, pues para mí es muy respetable; pero soy soldado, y cumplida
que me han dado, me callo.
--¿Dónde está ahora el señor Fouquet? --preguntó
tras un instante de silencio el monarca.
--En la jaula de hierro que para él ha mandado construir el señor
Colbert, y que en este instante vuela
hacia Angers al galope de cuatro briosos caballos.
--¿Por qué os habéis separado de él por el camino?
--Porque Vuestra Majestad no me dijo que yo fuera hasta Angers. Y la mejor prueba
de ello es que
Vuestra Majestad andaba buscándome hace poco. Además, me asistía
otra razón, y es que, ante mí, el pobre
señor Fouquet no hubiera intentado evadirse.
--¿Decís? --exclamó el rey estupefacto.
